CAMILA
Hola,
soy Camila. Soy amiga de María, o al menos solía serlo. Crecimos juntas y
siempre nos gustaron las mismas cosas. Hasta que conocimos a Carlos. De
inmediato me enamoré de él. Él se enamoró de María. No tenía ojos para verme a
mí. Creo que entonces me di cuenta de algo, siempre la había envidiado. Antes
eran cosas sin importancia, ahora no. Por si eso no fuera suficiente ella
remato pidiéndome, un año después, que fuera su madrina de bodas. La odié por
eso.
Nunca
pude sobreponerme a que ella se hubiera casado con él. Para mi suerte, el
tiempo actuó de mi lado. Con el fastidio que traen los años Carlos se alejó de
ella. Yo frecuentaba la casa cuantas veces quería, así que no me fue difícil
acercarme a él. Un día, María me contó que no podía dormir, así que le di una
de mis pastillas, como eran muy fuertes le dije que solo se tomara la mitad,
Cuando entré a su habitación me di cuenta que se había tomado dos. Dormirá toda
la noche y parte de la mañana, pensé. Carlos entró en ese momento, y al ver a
su esposa totalmente inconsciente me pidió que me quedara a dormir, así que
pase la noche con él.
Después
de la muerte de la madre de María, ella se deprimía mucho. Yo le empecé a dar
pastillas. Carlos era psiquiatra y me conseguía Diazepan, que es una droga
fuerte. La droga desvaneció su depresión y ella se sintió mejor. No quería que Carlos
se enterara de que estaba tomando drogas, así que yo prometí guardarle el
secreto Nunca pensé que después tendría que drogarla contra su voluntad.
Cuando
estábamos solos Carlos se quejaba de su condición de médico, no era esa la vida
que deseaba. Él quería ser millonario. Se notaba en su comportamiento, faltaba
a trabajar con el menor pretexto. Por mí ya no regresaría nunca a trabajar,
decía. Tengo una mujer hija de una madre millonaria que no nos da un peso. Esos
episodios se repetían cada vez más seguidos. Después de eso solo bebíamos y yo
tomaba pastillas.
Cuando
la madre de María murió todo pasó muy rápido. No supe en que momento le dije a
Carlos que sí. En realidad no me pidió que me casara con él. Tampoco que
viviéramos juntos. Me pidió que le ayudara a dos cosas. Una, a meter a su
esposa María, mi amiga, a un centro psiquiátrico de rehabilitación. Y dos, que
lo ayudara a que ella firmara los papeles del testamento de su madre, para así
disponer del dinero de la herencia..
Volver
adicta a María no resulto fácil. Las pastillas que le daba la mayoría de las
veces terminaban en el bote de basura. La depresión de su madre ayudo a que
empezara a consumir. Intencionalmente un día le deje las llaves donde Carlos
guardaba las pastillas, en la mesa del comedor. Al principio tomo algunas
pastillas, sin embargo, después nos enteramos de que las había tirado todas.
Nos tenía desconcertados. Por último empezamos a darle Diazepan en las comidas
hasta que un día, espantada de ver como amanecía drogada sin haber consumido,
decidió incendiar los armarios de Carlos. Vino una ambulancia y se la llevaron.
Abandonamos
a María ahí, en el kilómetro 102 de la carretera, en el hospital psiquiátrico
de la ciudad. Un sitio en el que, si ella no estaba loca, pronto lo estaría. Si
me preguntan que sentí, solo les puedo decir que fue una decisión entre ella y
yo, y yo gané.
Carlos
quería disfrutar de nuestra nueva vida de ricos, y nos fuimos a vivir al mar. Rentó
una casa con teja californiana y en el patio estacionó un bote de pescar enorme
para pasear por las tardes. Yo que sabía algo de Spas decidí ser empresaria y
poner el mío en la ciudad. Renté un local grande y contrate personal. Hicimos
una fiesta tras otra, nuestro círculo de amistades crecía y todos se
sorprendían de lo buenos que éramos en los negocios.
La
pluma de Carlos no dejaba de firmar cheques, y este gastaba como si el dinero
nunca fuera a terminar. ¿Acaso dejo mucho dinero tu suegra? Le pregunté un día.
No tienes idea, me contestó. ¿Cuánto? No preguntes, se molestó. Yo también me
molesté, lo justo es que el dinero fuera de los dos.
Como
había más dinero, y tenía mi empresa, empecé a beber y a consumir más
pastillas, cuando un poco de conciencia me decían que me estaba excediendo,
solo me decía que me lo merecía. Carlos estaba ausente de la casa a diario.
Había hecho amistad con un amigo abogado y se llevaba su lancha. Regresaba
hasta muy tarde. Yo, muchas veces ebria, subía a dormir y no despertaba hasta
el otro día. Pensar que él podría tener una amante me llenaba de rabia. Nunca le
dije nada, ni se lo advertí, él ya sabía de lo que yo era capaz.
Un día
en medio de una tremenda resaca me dirigí a mi Spa, solo quería que me dieran
un masaje y dormir un rato en la cámara de oxígeno. Cuando llegué cual fue mi
sorpresa de encontrarme cerrada la puerta y los empleados esperándome. Sus nóminas
no estaban depositadas. La verdad es que tenía semanas en que no me paraba por
mii negocio. Hablé por teléfono al banco. Me dijeron que tenía que ir en
persona, mi cuenta estaba sobre girada. Entonces le pedí a Carlos que me
mandara un cheque por ochenta mil pesos para pagar la nómina de mis seis
empleados y otro por doscientos mil para cargar saldo en mi cuenta. Carlos
mando los cheques pero no lo pudimos cobrar. La cuenta estaba bloqueada por orden
judicial.
Carlos
llamo a su amigo abogado para que desbloqueara las cuentas, pero él le dijo que
era necesaria nuevamente la firma de María para hacerlo. Era un procedimiento
que buscaba proteger al heredero. Como María aún vivía, había que ir con ella y
pedirle que firmara frente a un par de testigos. Por supuesto no iría yo, pero
tampoco quería que fuera Carlos. Últimamente lo había visto muy alejado de mí.
En su celular había descubierto fotos de él y María cuando vivían juntos. Decidí
que él no iría a conseguir las firmas. Ese día yo había tomado de mas,
discutimos y él me dijo que él haría lo que fuera necesario para recuperar el
dinero. Como siempre, se fue a andar en su lancha. Yo me quedé con la rabia. La
sola idea de pensar en que él me engañara con María me mataba. No sé porque
razón tome la pistola y la deje en mi bolso. Cuando en la madrugada me desperté
al escucharlo llegar no lo pensé mucho para decidirme- Todo estaba muy claro. Él
estaba pensando en abandonarme. Su mujer lo había dejado sin dinero y él regresaría
con ella como perro con la cola entre las patas. Escuché pasos en el patio cuando
estacionaron el remolque de la lancha. Salí por la puerta trasera. Ahí estaba él
de espaldas. Me escuchó llegar, pero no volteó. Le disparé dos veces.
A la
mañana siguiente pensé que todo había sido un sueño, de no ser porque desperté
en una celda. De inmediato recordé lo que había sucedido
y me arrepentí mil veces. Sorpresivamente vi llegar a Carlos, el me abrazó y yo
lloré con él. Un guardia entró y le pidió que saliera. ¿Qué sucede pregunté? Se
me acusaba de homicidio. Había matado al abogado y amigo de Carlos.
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