ANGELICA

 

Conocí a Angélica un viernes. Ella era la esposa de mi amigo Polo. Nos reuníamos todos los viernes en el café del Vips a comer y después a tomar café por un par de horas. Fue él quien nos mostró una foto donde ella estaba sentada en la arena de la playa. Era un día espléndido y ella miraba la cámara sonriendo.

Polo tenía dos temas de conversación: el primero, los restaurantes, se conocía todos los de la ciudad; y el segundo, Angélica, su esposa. Del primero ya nos tenía aburridos a todos, a menos que nos hablara de un nuevo sitio. De Angélica siempre platicaba algo nuevo.

Tenían uno de los mejores matrimonios. Cuando había que poner ejemplos de un buen matrimonio, la gente decía: mira el matrimonio de Angélica y Polo. Tenían la relación mas solido del grupo de amigos. Era como un diamante, no había nada que pudiera hacerle una ralladura, hasta que se rompió.

Tenían un hijo y más de veinte años de casados. Él era consultor en sistemas para restaurantes y ella ama de casa. La clásica vida feliz de muchos matrimonios. Una vida que se movía entre la rutina y el fastidio.

Llegue a conocer a Angélica tanto o más que Polo. No había conversación en que Polo no hablara de su mujer. A veces contento, otra triste. No tenía secretos para sus amigos, lo mismo contaba si tenía gripe o si le había salido un hongo en el pie, un día nos sorprendió diciendo que su esposa le había pedido un disfraz de una tienda de artículos para adultos. Esa noche no pude dormir.

 Polo comía todos los días en los restaurantes de sus clientes. Los fines de semana él y su esposa iban a comer juntos; mariscos, parrilladas, hamburguesas. Nunca comían en su casa. Era un ingeniero exitoso. Había logrado tener a los mejores restaurantes de la ciudad como sus clientes. Sus ingresos subían, así como sus gastos. Su esposa y su hijo vivían de la apariencia, rentaban una casa en la mejor zona de la ciudad y estaban inscritos en los mejores clubes. Angélica tenía una colección de sombreros y uno de los armarios de la casa estaba lleno de estos. Las facturas no dejaban de llegar. Los gastos superaban a los ingresos a fin de mes. Estaban en quiebra.

Polo nunca le decía por su nombre. Nunca supe si no le gustaba su nombre, pero evitaba decirlo, cuando lo hacía se ponía muy serio. A mí me gustaba su nombre: Angélica. Él le llamaba la leona. Para mi ella era un ángel.

La trataba como una reina., y todo parecía que iba muy bien entre ellos. Por eso cuando me llamo una noche Polo para decirme: Amigo, ¿dónde estás? Necesito hablar contigo. Yo le dije que podíamos vernos en el café Gourmet que estaba en la esquina de mi casa, así que ahí nos vimos. No me imaginaba lo que me iba a contar.

Yo estaba en ese momento con mi hermano, así que le pedí que nos acompañara al café. Llegamos, yo me pedí un café y mi hermano ordeno además un bísquet. Cuando Polo llegó no se sintió a gusto de que mi hermano estuviera presente. Aun así, era tan importante lo que me iba a decir que no le importó. Venia nervioso y las palabras lo atropellaban.

Cuando me dio la noticia no la creí. Mi esposa me acaba de dejar. La noticia me cayó como agua fría. Angélica lo había dejado. Vaya.  Hubiera parecido que nos hubiera dejado a los dos. Me platico todos los detalles de lo que había ocurrido. Yo lo escuche atento. Al final se levantó y se despidió. Nos dimos un abrazo y no supe si era el o yo el más lastimado.

Mi hermano tomó su café y un bísquet sin decir palabra, escucho todo lo que Polo decía. Cuando Polo se fue no dijo nada. Siguió tomando su café y comiendo su bísquet. Permaneció así por varios minutos. Pedí la cuenta y salimos del café. Parece que ella tiene un amante, dijo cuando dejó la propina.

Pasaron los días y perdí interés en ir a las reuniones de los viernes con mis amigos. Después de unos meses me enteré de que Angélica había regresado con Polo. Aun así seguí sin ir a verlos. Polo ya la había perdonado. Yo aún no.

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